domingo, 12 de julio de 2015

"Queremos y necesitamos un cambio", el Papa en el II Encuentro Mundial de los Movimientos Populares en Bolivia

"Queremos y necesitamos un cambio", el Papa en el II Encuentro Mundial de los Movimientos Populares en Bolivia
2015-07-10 Radio Vaticana

(RV).- "Necesitamos un cambio, un cambio real, un cambio positivo, un cambio redentor", lo dijo el Papa Francisco en el II Encuentro Mundial de los Movimientos Populares en Santa Cruz de la Sierra.
En la segunda etapa de su Visita Apostólica a Latinoamérica el Santo Padre participó en el Encuentro Mundial de los Movimientos Populares, evento organizado en colaboración con el Pontificio Consejo de Justicia y Paz y la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales. El Encuentro reúne a delegados de los movimientos populares de todo el mundo: indígenas, inmigrantes, campesinos "sin tierras", "villeros", etc.
En su discurso, el Pontífice recordó con alegría el primer Encuentro de los Movimientos Populares realizado en Roma en octubre de 2014, el que se vivió en un clima de "fraternidad, garra, entrega, sed de justicia". En este segundo Encuentro, dijo el Papa, "invito a todos, a los Obispos, sacerdotes y laicos, junto a las organizaciones sociales de las periferias urbanas y rurales, a profundizar este encuentro", con el fin de superar la graves situaciones de injusticia que sufren los excluidos en América Latina y en toda la tierra.
Asimismo, el Obispo de Roma señaló que ante los problemas comunes de los latinoamericanos y en general de toda la humanidad, necesitamos y queremos un cambio. "Un cambio real, un cambio de estructuras. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los Pueblos… Y tampoco lo aguanta la Tierra, la hermana Madre Tierra como decía San Francisco". Por ello, afirmó el Papa, el mundo entero necesita "respuestas globales a los problemas locales. La globalización de la esperanza, que nace de los Pueblos y crece entre los pobres, debe sustituir esta globalización de la exclusión y la indiferencia".
(Renato Martinez – RV)
Texto y audio completo del discurso del Papa Francisco
Buenas tardes a todos.
Hace algunos meses nos reunimos en Roma y tengo presente ese primer encuentro nuestro. Durante este tiempo los he llevado en mi corazón y oraciones. Me alegra verlos de nuevo aquí, debatiendo los mejores caminos para superar las graves situaciones de injusticia que sufren los excluidos en todo el mundo. Gracias Señor Presidente Evo Morales por acompañar tan decididamente este Encuentro.
Aquella vez en Roma sentí algo muy lindo: fraternidad, garra, entrega, sed de justicia. Hoy, en Santa Cruz de la Sierra, vuelvo a sentir lo mismo. Gracias por eso. También he sabido por medio del Pontificio Consejo Justicia y Paz que preside el Cardenal Turkson, que son muchos en la Iglesia los que se sienten más cercanos a los movimientos populares. ¡Me alegra tanto! Ver la Iglesia con las puertas abiertas a todos Ustedes, que se involucre, acompañe y logre sistematizar en cada diócesis, en cada Comisión de Justicia y Paz, una colaboración real, permanente y comprometida con los movimientos populares. Los invito a todos, Obispos, sacerdotes y laicos, junto a las organizaciones sociales de las periferias urbanas y rurales, a profundizar ese encuentro.
Dios permite que hoy nos veamos otra vez. La Biblia nos recuerda que Dios escucha el clamor de su pueblo y quisiera yo también volver a unir mi voz a la de Ustedes: tierra, techo y trabajo para todos nuestros hermanos y hermanas. Lo dije y lo repito: son derechos sagrados. Vale la pena, vale la pena luchar por ellos. Que el clamor de los excluidos se escuche en América Latina y en toda la tierra.
1. Empecemos reconociendo que necesitamos un cambio. Quiero aclarar, para que no haya malos entendidos, que hablo de los problemas comunes de todos los latinoamericanos y, en general, de toda la humanidad. Problemas que tienen una matriz global y que hoy ningún Estado puede resolver por sí mismo. Hecha esta aclaración, propongo que nos hagamos estas preguntas:
- ¿Reconocemos que las cosas no andan bien en un mundo donde hay tantos campesinos sin tierra, tantas familias sin techo, tantos trabajadores sin derechos, tantas personas heridas en su dignidad?
- ¿Reconocemos que las cosas no andan bien cuando estallan tantas guerras sin sentido y la violencia fratricida se adueña hasta de nuestros barrios? ¿Reconocemos que las cosas no andan bien cuando el suelo, el agua, el aire y todos los seres de la creación están bajo permanente amenaza?
Entonces, digámoslo sin miedo: necesitamos y queremos un cambio.
Ustedes –en sus cartas y en nuestros encuentros– me han relatado las múltiples exclusiones e injusticias que sufren en cada actividad laboral, en cada barrio, en cada territorio. Son tantas y tan diversas como tantas y diversas sus formas de enfrentarlas. Hay, sin embargo, un hilo invisible que une cada una de esas exclusiones, ¿podemos reconocerlo? Porque no se trata de cuestiones aisladas. Me pregunto si somos capaces de reconocer que estas realidades destructoras responden a un sistema que se ha hecho global. ¿Reconocemos que este sistema ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza?
Si es así, insisto, digámoslo sin miedo: queremos un cambio, un cambio real, un cambio de estructuras. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los Pueblos… Y tampoco lo aguanta la Tierra, la hermana Madre Tierra como decía San Francisco.
Queremos un cambio en nuestras vidas, en nuestros barrios, en el pago chico, en nuestra realidad más cercana; también un cambio que toque al mundo entero porque hoy la interdependencia planetaria requiere respuestas globales a los problemas locales. La globalización de la esperanza, que nace de los Pueblos y crece entre los pobres, debe sustituir esta globalización de la exclusión y la indiferencia.
Quisiera hoy reflexionar con Ustedes sobre el cambio que queremos y necesitamos. Saben que escribí recientemente sobre los problemas del cambio climático. Pero, esta vez, quiero hablar de un cambio en el otro sentido. Un cambio positivo, un cambio que nos haga bien, un cambio –podríamos decir– redentor. Porque lo necesitamos. Sé que Ustedes buscan un cambio y no sólo ustedes: en los distintos encuentros, en los distintos viajes he comprobado que existe una espera, una fuerte búsqueda, un anhelo de cambio en todos los Pueblos del mundo. Incluso dentro de esa minoría cada vez más reducida que cree beneficiarse con este sistema reina la insatisfacción y especialmente la tristeza. Muchos esperan un cambio que los libere de esa tristeza individualista que esclaviza.
El tiempo, hermanos, hermanas, el tiempo parece que se estuviera agotando; no alcanzó el pelearnos entre nosotros, sino que hasta nos ensañamos con nuestra casa. Hoy la comunidad científica acepta lo que hace ya desde hace mucho tiempo denuncian los humildes: se están produciendo daños tal vez irreversibles en el ecosistema. Se está castigando a la tierra, a los pueblos y las personas de un modo casi salvaje. Y detrás de tanto dolor, tanta muerte y destrucción, se huele el tufo de eso que Basilio de Cesarea llamaba «el estiércol del diablo». La ambición desenfrenada de dinero que gobierna. El servicio para el bien común queda relegado. Cuando el capital se convierte en ídolo y dirige las opciones de los seres humanos, cuando la avidez por el dinero tutela todo el sistema socioeconómico, arruina la sociedad, condena al hombre, lo convierte en esclavo, destruye la fraternidad interhumana, enfrenta pueblo contra pueblo y, como vemos, incluso pone en riesgo esta nuestra casa común.
No quiero extenderme describiendo los efectos malignos de esta sutil dictadura: ustedes los conocen. Tampoco basta con señalar las causas estructurales del drama social y ambiental contemporáneo. Sufrimos cierto exceso de diagnóstico que a veces nos lleva a un pesimismo charlatán o a regodearnos en lo negativo. Al ver la crónica negra de cada día, creemos que no hay nada que se puede hacer salvo cuidarse a uno mismo y al pequeño círculo de la familia y los afectos.
¿Qué puedo hacer yo, cartonero, catadora, pepenador, recicladora frente a tantos problemas si apenas gano para comer? ¿Qué puedo hacer yo artesano, vendedor ambulante, transportista, trabajador excluido si ni siquiera tengo derechos laborales? ¿Qué puedo hacer yo, campesina, indígena, pescador que apenas puedo resistir el avasallamiento de las grandes corporaciones? ¿Qué puedo hacer yo desde mi villa, mi chabola, mi población, mi rancherío cuando soy diariamente discriminado y marginado? ¿Qué puede hacer ese estudiante, ese joven, ese militante, ese misionero que patea las barriadas y los parajes con el corazón lleno de sueños pero casi sin ninguna solución para mis problemas? ¡Mucho! Pueden hacer mucho. Ustedes, los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos, pueden y hacen mucho. Me atrevo a decirles que el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas creativas, en la búsqueda cotidiana de «las tres T» (trabajo, techo, tierra) y también, en su participación protagónica en los grandes procesos de cambio, nacionales, regionales y mundiales. ¡No se achiquen!
2. Ustedes son sembradores de cambio. Aquí en Bolivia he escuchado una frase que me gusta mucho: «proceso de cambio». El cambio concebido no como algo que un día llegará porque se impuso tal o cual opción política o porque se instauró tal o cual estructura social. Sabemos dolorosamente que un cambio de estructuras que no viene acompañado de una sincera conversión de las actitudes y del corazón termina a la larga o a la corta por burocratizarse, corromperse y sucumbir. Por eso me gusta tanto la imagen del proceso, donde la pasión por sembrar, por regar serenamente lo que otros verán florecer, remplaza la ansiedad por ocupar todos los espacios de poder disponibles y ver resultados inmediatos. Cada uno de nosotros no es más que parte de un todo complejo y diverso interactuando en el tiempo: pueblos que luchan por una significación, por un destino, por vivir con dignidad, por «vivir bien».
Ustedes, desde los movimientos populares, asumen las labores de siempre motivados por el amor fraterno que se revela contra la injusticia social. Cuando miramos el rostro de los que sufren, el rostro del campesino amenazado, del trabajador excluido, del indígena oprimido, de la familia sin techo, del migrante perseguido, del joven desocupado, del niño explotado, de la madre que perdió a su hijo en un tiroteo porque el barrio fue copado por el narcotráfico, del padre que perdió a su hija porque fue sometida a la esclavitud; cuando recordamos esos «rostros y nombres» se nos estremecen las entrañas frente a tanto dolor y nos conmovemos… Porque «hemos visto y oído», no la fría estadística sino las heridas de la humanidad doliente, nuestras heridas, nuestra carne. Eso es muy distinto a la teorización abstracta o la indignación elegante. Eso nos conmueve, nos mueve y buscamos al otro para movernos juntos. Esa emoción hecha acción comunitaria no se comprende únicamente con la razón: tiene un plus de sentido que sólo los pueblos entienden y que da su mística particular a los verdaderos movimientos populares.
Ustedes viven cada día, empapados, en el nudo de la tormenta humana. Me han hablado de sus causas, me han hecho parte de sus luchas y yo se los agradezco. Ustedes, queridos hermanos, trabajan muchas veces en lo pequeño, en lo cercano, en la realidad injusta que se les impuso y a la que no se resignan, oponiendo una resistencia activa al sistema idolátrico que excluye, degrada y mata. Los he visto trabajar incansablemente por la tierra y la agricultura campesina, por sus territorios y comunidades, por la dignificación de la economía popular, por la integración urbana de sus villas y asentamientos, por la autoconstrucción de viviendas y el desarrollo de infraestructura barrial, y en tantas actividades comunitarias que tienden a la reafirmación de algo tan elemental e innegablemente necesario como el derecho a «las tres T»: tierra, techo y trabajo.
Ese arraigo al barrio, a la tierra, al territorio, al oficio, al gremio, ese reconocerse en el rostro del otro, esa proximidad del día a día, con sus miserias y sus heroísmos cotidianos, es lo que permite ejercer el mandato del amor, no a partir de ideas o conceptos sino a partir del encuentro genuino entre personas, porque ni los conceptos ni las ideas se aman; se aman las personas. La entrega, la verdadera entrega surge del amor a hombres y mujeres, niños y ancianos, pueblos y comunidades… rostros y nombres que llenan el corazón. De esas semillas de esperanza sembradas pacientemente en las periferias olvidadas del planeta, de esos brotes de ternura que lucha por subsistir en la oscuridad de la exclusión, crecerán árboles grandes, surgirán bosques tupidos de esperanza para oxigenar este mundo.
Veo con alegría que ustedes trabajan en lo cercano, cuidando los brotes; pero, a la vez, con una perspectiva más amplia, protegiendo la arboleda. Trabajan en una perspectiva que no sólo aborda la realidad sectorial que cada uno de ustedes representa y a la que felizmente está arraigado, sino que también buscan resolver de raíz los problemas generales de pobreza, desigualdad y exclusión.
Los felicito por eso. Es imprescindible que, junto a la reivindicación de sus legítimos derechos, los Pueblos y sus organizaciones sociales construyan una alternativa humana a la globalización excluyente. Ustedes son sembradores del cambio. Que Dios les dé coraje, alegría, perseverancia y pasión para seguir sembrando. Tengan la certeza que tarde o temprano vamos de ver los frutos. A los dirigentes les pido: sean creativos y nunca pierdan el arraigo a lo cercano, porque el padre de la mentira sabe usurpar palabras nobles, promover modas intelectuales y adoptar poses ideológicas, pero si ustedes construyen sobre bases sólidas, sobre las necesidades reales y la experiencia viva de sus hermanos, de los campesinos e indígenas, de los trabajadores excluidos y las familias marginadas, seguramente no se van a equivocar.
La Iglesia no puede ni debe ser ajena a este proceso en el anuncio del Evangelio. Muchos sacerdotes y agentes pastorales cumplen una enorme tarea acompañando y promoviendo a los excluidos en todo el mundo, junto a cooperativas, impulsando emprendimientos, construyendo viviendas, trabajando abnegadamente en los campos de la salud, el deporte y la educación. Estoy convencido que la colaboración respetuosa con los movimientos populares puede potenciar estos esfuerzos y fortalecer los procesos de cambio.
Tengamos siempre en el corazón a la Virgen María, una humilde muchacha de un pequeño pueblo perdido en la periferia de un gran imperio, una madre sin techo que supo transformar una cueva de animales en la casa de Jesús con unos pañales y una montaña de ternura. María es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolores de parto hasta que brote la justicia. Rezo a la Virgen María, a la que el pueblo boliviano se confía con fervor, para que permita que este Encuentro nuestro sea fermento de cambio.
3. Por último quisiera que pensemos juntos algunas tareas importantes para este momento histórico, porque queremos un cambio positivo para el bien de todos nuestros hermanos y hermanas, eso lo sabemos. Queremos un cambio que se enriquezca con el trabajo mancomunado de los gobiernos, los movimientos populares y otras fuerzas sociales, eso también lo sabemos. Pero no es tan fácil definir el contenido del cambio, podría decirse, el programa social que refleje este proyecto de fraternidad y justicia que esperamos. En ese sentido, no esperen de este Papa una receta. Ni el Papa ni la Iglesia tienen el monopolio de la interpretación de la realidad social ni la propuesta de soluciones a los problemas contemporáneos. Me atrevería a decir que no existe una receta. La historia la construyen las generaciones que se suceden en el marco de pueblos que marchan buscando su propio camino y respetando los valores que Dios puso en el corazón.
Quisiera, sin embargo, proponer tres grandes tareas que requieren el decisivo aporte del conjunto de los movimientos populares:
3.1. La primera tarea es poner la economía al servicio de los Pueblos: Los seres humanos y la naturaleza no deben estar al servicio del dinero. Digamos NO a una economía de exclusión e inequidad donde el dinero reina en lugar de servir. Esa economía mata. Esa economía excluye. Esa economía destruye la Madre Tierra.
La economía no debería ser un mecanismo de acumulación sino la adecuada administración de la casa común. Eso implica cuidar celosamente la casa y distribuir adecuadamente los bienes entre todos. Su objeto no es únicamente asegurar la comida o un "decoroso sustento". Ni siquiera, aunque ya sería un gran paso, garantizar el acceso a «las tres T» por las que ustedes luchan. Una economía verdaderamente comunitaria, podría decir, una economía de inspiración cristiana, debe garantizar a los pueblos dignidad «prosperidad sin exceptuar bien alguno».[1] Esto implica «las tres T» pero también acceso a la educación, la salud, la inovación, las manifestaciones artísticas y culturales, la comunicación, el deporte y la recreación. Una economía justa debe crear las condiciones para que cada persona pueda gozar de una infancia sin carencias, desarrollar sus talentos durante la juventud, trabajar con plenos derechos durante los años de actividad y acceder a una digna jubilación en la ancianidad. Es una economía donde el ser humano en armonía con la naturaleza, estructura todo el sistema de producción y distribución para que las capacidades y las necesidades de cada uno encuentren un cauce adecuado en el ser social. Ustedes, y también otros pueblos, resumen este anhelo de una manera simple y bella: «vivir bien».
Esta economía no es sólo deseable y necesaria sino también posible. No es una utopía ni una fantasía. Es una perspectiva extremadamente realista. Podemos lograrlo. Los recursos disponibles en el mundo, fruto del trabajo intergeneracional de los pueblos y los dones de la creación, son más que suficientes para el desarrollo integral de «todos los hombres y todo el hombre».[2] El problema, en cambio, es otro. Existe un sistema con otros objetivos. Un sistema que a pesar de acelerar irresponsablemente los ritmos de la producción, a pesar de implementar métodos en la industria y la agricultura que dañan la Madre Tierra en aras de la «productividad», sigue negándoles a miles de millones de hermanos los más elementales derechos económicos, sociales y culturales. Ese sistema atenta contra el proyecto de Jesús.
La distribución justa de los frutos de la tierra y el trabajo humano no es mera filantropía. Es un deber moral. Para los cristianos, la carga es aún más fuerte: es un mandamiento. Se trata de devolverles a los pobres y a los pueblos lo que les pertenece. El destino universal de los bienes no es un adorno discursivo de la doctrina social de la Iglesia. Es una realidad anterior a la propiedad privada. La propiedad, muy en especial cuando afecta los recursos naturales, debe estar siempre en función de las necesidades de los pueblos. Y estas necesidades no se limitan al consumo. No basta con dejar caer algunas gotas cuando lo pobres agitan esa copa que nunca derrama por si sola. Los planes asistenciales que atienden ciertas urgencias sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras. Nunca podrán sustituir la verdadera inclusión: ésa que da el trabajo digno, libre, creativo, participativo y solidario.
En este camino, los movimientos populares tienen un rol esencial, no sólo exigiendo y reclamando, sino fundamentalmente creando. Ustedes son poetas sociales: creadores de trabajo, constructores de viviendas, productores de alimentos, sobre todo para los descartados por el mercado mundial.
He conocido de cerca distintas experiencias donde los trabajadores unidos en cooperativas y otras formas de organización comunitaria lograron crear trabajo donde sólo había sobras de la economía idolátrica. Las empresas recuperadas, las ferias francas y las cooperativas de cartoneros son ejemplos de esa economía popular que surge de la exclusión y, de a poquito, con esfuerzo y paciencia, adopta formas solidarias que la dignifican. ¡Qué distinto es eso a que los descartados por el mercado formal sean explotados como esclavos!
Los gobiernos que asumen como propia la tarea de poner la economía al servicio de los pueblos deben promover el fortalecimiento, mejoramiento, coordinación y expansión de estas formas de economía popular y producción comunitaria. Esto implica mejorar los procesos de trabajo, proveer infraestructura adecuada y garantizar plenos derechos a los trabajadores de este sector alternativo. Cuando Estado y organizaciones sociales asumen juntos la misión de «las tres T» se activan los principios de solidaridad y subsidiariedad que permiten edificar el bien común en una democracia plena y participativa.
3.2. La segunda tarea es unir nuestros Pueblos en el camino de la paz y la justicia.
Los pueblos del mundo quieren ser artífices de su propio destino. Quieren transitar en paz su marcha hacia la justicia. No quieren tutelajes ni injerencias donde el más fuerte subordina al más débil. Quieren que su cultura, su idioma, sus procesos sociales y tradiciones religiosas sean respetados. Ningún poder fáctico o constituido tiene derecho a privar a los países pobres del pleno ejercicio de su soberanía y, cuando lo hacen, vemos nuevas formas de colonialismo que afectan seriamente las posibilidades de paz y de justicia porque «la paz se funda no sólo en el respeto de los derechos del hombre, sino también en los derechos de los pueblos particularmente el derecho a la independencia».[3]
Los pueblos de Latinoamérica parieron dolorosamente su independencia política y, desde entonces llevan casi dos siglos de una historia dramática y llena de contradicciones intentando conquistar una independencia plena.
En estos últimos años, después de tantos desencuentros, muchos países latinoamericanos han visto crecer la fraternidad entre sus pueblos. Los gobiernos de la Región aunaron esfuerzos para hacer respetar su soberanía, la de cada país y la del conjunto regional, que tan bellamente, como nuestros Padres de antaño, llaman la «Patria Grande». Les pido a ustedes, hermanos y hermanas de los movimientos populares, que cuiden y acrecienten esa unidad. Mantener la unidad frente a todo intento de división es necesario para que la región crezca en paz y justicia.
A pesar de estos avances, todavía subsisten factores que atentan contra este desarrollo humano equitativo y coartan la soberanía de los países de la «Patria Grande» y otras latitudes del planeta. El nuevo colonialismo adopta distintas fachadas. A veces, es el poder anónimo del ídolo dinero: corporaciones, prestamistas, algunos tratados denominados «de libres comercio» y la imposición de medidas de «austeridad» que siempre ajustan el cinturón de los trabajadores y de los pobres. Los obispos latinoamericanos lo denuncian con total claridad en el documento de Aparecida cuando afirman que «las instituciones financieras y las empresas transnacionales se fortalecen al punto de subordinar las economías locales, sobre todo, debilitando a los Estados, que aparecen cada vez más impotentes para llevar adelante proyectos de desarrollo al servicio de sus poblaciones».[4] En otras ocasiones, bajo el noble ropaje de la lucha contra la corrupción, el narcotráfico o el terrorismo –graves males de nuestros tiempos que requieren una acción internacional coordinada– vemos que se impone a los Estados medidas que poco tienen que ver con la resolución de esas problemáticas y muchas veces empeora las cosas.
Del mismo modo, la concentración monopólica de los medios de comunicación social que pretende imponer pautas alienantes de consumo y cierta uniformidad cultural es otra de las formas que adopta el nuevo colonialismo. Es el colonialismo ideológico. Como dicen los Obispos de Africa, muchas veces se pretende convertir a los países pobres en «piezas de un mecanismo y de un engranaje gigantesco».[5]
Hay que reconocer que ninguno de los graves problemas de la humanidad se puede resolver sin interacción entre los Estados y los pueblos a nivel internacional. Todo acto de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en el todo en términos económicos, ecológicos, sociales y culturales. Hasta el crimen y la violencia se han globalizado. Por ello ningún gobierno puede actuar al margen de una responsabilidad común. Si realmente queremos un cambio positivo, tenemos que asumir humildemente nuestra interdependencia. Pero interacción no es sinónimo de imposición, no es subordinación de unos en función de los intereses de otros. El colonialismo, nuevo y viejo, que reduce a los países pobres a meros proveedores de materia prima y trabajo barato, engendra violencia, miseria, migraciones forzadas y todos los males que vienen de la mano… precisamente porque al poner la periferia en función del centro les niega el derecho a un desarrollo integral. Eso es inequidad y la inequidad genera violencia que no habrá recursos policiales, militares o de inteligencia capaces de detener.
Digamos NO a las viejas y nuevas formas de colonialismo. Digamos SÍ al encuentro entre pueblos y culturas. Felices los que trabajan por la paz.
Aquí quiero detenerme en un tema importante. Porque alguno podrá decir, con derecho, que «cuando el Papa habla del colonialismo se olvida de ciertas acciones de la Iglesia». Les digo, con pesar: se han cometido muchos y graves pecados contra los pueblos originarios de América en nombre de Dios. Lo han reconocido mis antecesores, lo ha dicho el CELAM y también quiero decirlo. Al igual que san Juan Pablo II pido que la Iglesia «se postre ante Dios e implore perdón por los pecados pasados y presentes de sus hijos».[6] Y quiero decirles, quiero ser muy claro, como lo fue san Juan Pablo II: pido humildemente perdón, no sólo por las ofensas de la propia Iglesia sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América.
También les pido a todos, creyentes y no creyentes, que se acuerden de tantos Obispos, sacerdotes y laicos que predicaron y predican la buena noticia de Jesús con coraje y mansedumbre, respeto y en paz; que en su paso por esta vida dejaron conmovedoras obras de promoción humana y de amor, muchas veces junto a los pueblos indígenas o acompañando a los propios movimientos populares incluso hasta el martirio. La Iglesia, sus hijos e hijas, son una parte de la identidad de los pueblos en latinoamericana. Identidad que tanto aquí como en otros países algunos poderes se empeñan en borrar, tal vez porque nuestra fe es revolucionaria, porque nuestra fe desafía la tiranía del idolo dinero. Hoy vemos con espanto como en Medio Oriente y otros lugares del mundo se persigue, se tortura, se asesina a muchos hermanos nuestros por su fe en Jesús. Eso también debemos denunciarlo: dentro de esta tercera guerra mundial en cuotas que vivimos, hay una especie de genocidio en marcha que debe cesar.
A los hermanos y hermanas del movimiento indígena latinoamericano, déjenme trasmitirle mi más hondo cariño y felicitarlos por buscar la conjunción de sus pueblos y culturas, eso que yo llamo poliedro, una forma de convivencia donde las partes conservan su identidad construyendo juntas una pluralidad que no atenta, sino que fortalece la unidad. Su búsqueda de esa interculturalidad que combina la reafirmación de los derechos de los pueblos originarios con el respeto a la integridad territorial de los Estados nos enriquece y nos fortalece a todos.
3.3. La tercera tarea, tal vez la más importante que debemos asumir hoy, es defender la Madre Tierra.
La casa común de todos nosotros está siendo saqueada, devastada, vejada impunemente. La cobardía en su defensa es un grave pecado. Vemos con decepción creciente como se suceden una tras otra cumbres internacionales sin ningún resultado importante. Existe un claro, definitivo e impostergable imperativo ético de actuar que no se está cumpliendo. No se puede permitir que ciertos intereses –que son globales pero no universales– se impongan, sometan a los Estados y organismos internacionales, y continúen destruyendo la creación. Los Pueblos y sus movimientos están llamados a clamar, a movilizare, a exigir –pacifica pero tenazmente– la adopción urgente de medidas apropiadas. Yo les pido, en nombre de Dios, que defiendan a la Madre Tierra. Sobre éste tema me expresado debidamente en la Carta Encíclica Laudato si'.
4. Para finalizar, quisiera decirles nuevamente: el futuro de la humanidad no está únicamente en manos de los grandes dirigentes, las grandes potencias y las élites. Está fundamentalmente en manos de los Pueblos; en su capacidad de organizar y también en sus manos que riegan con humildad y convicción este proceso de cambio. Los acompaño. Digamos juntos desde el corazón: ninguna familia sin vivienda, ningún campesino sin tierra, ningún trabajador sin derechos, ningún pueblo sin soberanía, ninguna persona sin dignidad, ningún niño sin infancia, ningún joven sin posibilidades, ningún anciano sin una venerable vejez. Sigan con su lucha y, por favor, cuiden mucho a la Madre Tierra. Rezo por ustedes, rezo con ustedes y quiero pedirle a nuestro Padre Dios que los acompañe y los bendiga, que los colme de su amor y los defienda en el camino dándoles abundantemente esa fuerza que nos mantiene en pie: esa fuerza es la esperanza, la esperanza que no defrauda, gracias.  Y, por favor, les pido que recen por mí.

[1] Juan XXIII, Carta enc. Mater et Magistra (15 mayo 1961), 3: AAS 53 (1961), 402.
[2] Pablo VI, Carta enc. Popolorum progressio, n. 14.
[3] Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 157.
[4] V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (2007), Documento Conclusivo, Aparecida, 66.
[5] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Africa (14 septiembre 1995), 52: AAS 88 (1996), 32-33; Id., Cart enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987), 22: AAS 80 (1988), 539.
[6] Juan Pablo II, Bula Incarnationis mysterium, 11.
(from Vatican Radio)


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jueves, 9 de julio de 2015

Papa Francisco: celoso cuidador de la Casa Común | BoffSemanal

Papa Francisco: celoso cuidador de la Casa Común

2015-07-07



Tiempo atrás escribimos que el Papa Francisco por causa del patrono que le inspiró el nombre – Francisco de Asís – tendría todo a su favor para ser el gran promotor de una propuesta ecológica mundial. Debía ser él, pues lamentablemente nos faltan líderes con autoridad y con palabras y gestos convincentes que despierten a la humanidad, especialmente a las élites dirigentes, ante las amenazas que afectan el destino común de la Tierra y de la Humanidad y a la responsabilidad colectiva y diferenciada de salvaguardarlo para todos.

Y este deseo se realizó plenamente con la publicación de la encíclica «Laudato si': cuidar de la Casa Común». Nos ofrece un texto de gran amplitud – la ecología integral - de rara belleza intelectual y espiritual, uniendo lo que era tan caro a san Francisco de Asís y también a Francisco de Roma: el comportamiento de cuidado con la hermana y madre Tierra y un amor preferencial a los condenados de la Tierra.

Esta conexión atraviesa todo el texto como un hilo conductor. No hay verdadera ecología, de ninguna expresión, sea ambiental, social, mental o integral, si no rescata a la humanidad humillada de los millones de empobrecidos de nuestra historia, aquellos en los cuales la Tierra como madre es más agredida y ofendida. El Papa Francisco aparece como celoso cuidador de la Casa Común. Se muestra extremadamente coherente con la marca registrada de la Iglesia de la liberación latinoamericana con su correspondiente teología que es la opción preferencial por los pobres, contra la pobreza y a favor de la justicia social y de su liberación. Lo opuesto a la pobreza no es la riqueza, es la injusticia de proporciones estructurales y mundiales. La forma más adecuada para enfrentar esta anti-realidad es la ecología integral que articula "tanto el grito de la Tierra como el grito del pobre" (nº 49).

La ecología es más que un mero administrar los bienes y servicios escasos de la naturaleza. Representa un nuevo estilo de vivir, un arte nuevo de habitar diferentemente la Casa Común de tal forma que todos puedan caber en ella. No solamente los humanos, lo que configuraría el antropocentrismo duramente criticado por la encíclica (115-121), sino todos los seres vivos e inertes, especialmente la gran comunidad de vida que sufre dura erosión de la biodiversidad por causa del predominio de la tecnocracia. Este es otro nombre para identificar al principal causante de la crisis ecológica globalizada: la furia productivista y consumista, digamos nosotros con una palabra que el Papa no usa, del capitalismo salvaje que busca acumular de forma ilimitada a costa de la devastación de la naturaleza, del empobrecimiento de las personas y del riesgo de una mega catástrofe ecológicosocial. Este sistema impone a todos un comportamiento, como enfatiza el Papa, que "parece "suicida" (55).


Esta vinculación entre el Gran Pobre (la Tierra) y los pobres, como lo vieron muy pronto los teólogos de la liberación, se justifica porque vivimos tiempos de extrema urgencia: la huella ecológica de la Tierra ha sido ya sobrepasada en más del 30%. La Tierra necesita de un año y medio para reponer lo que nosotros con nuestro consumo le sustraemos durante un año.

Este dato nos plantea la cuestión de nuestra supervivencia colectiva. Tenemos que cambiar si queremos evitar el abismo. Por eso la pregunta central que la encíclica plantea es: ¿cómo debemos relacionarnos con la naturaleza y con la Madre Tierra? La respuesta es con el cuidado, la fraternidad universal, el respeto a cada ser pues posee valor intrínseco y con la aceptación de la interrelación de todos con todos.


En este particular, Francisco de Roma fue a buscar inspiración en un ejemplo vivo y no teórico, en Francisco de Asís. Explícitamente dice: "creo que Francisco es el ejemplo por excelencia del cuidado por todo lo que es débil y de una ecología integral vivida con alegría y autenticidad" (10).

Todos los biógrafos de su tiempo (Celano, San Buenaventura, citados por la encíclica) dan testimonio de "el tiernísimo afecto que nutría hacia todas las criaturas"; "les daba el dulce nombre de hermanos y hermanas de quienes adivinaba los secretos, como quien goza ya de la libertad y de la gloria de los hijos de Dios". Liberaba pajaritos de las jaulas, cuidaba de cada animalito herido y llegaba a pedir a los jardineros que dejasen un rinconcito libre sin cultivar para que allí pudiesen crecer las malas hierbas, pues todas "ellas también anuncian al hermosísimo Padre de todos los seres".


El Papa advierte que esto no es "romanticismo irracional, porque tiene consecuencias en las opciones que determinan nuestro comportamiento" (11). Si no usamos el lenguaje del encantamiento, de la fraternidad y de la belleza en relación con el mundo, "nuestras actitudes serán las del dominador, del consumidor o del mero explotador de recursos, incapaz de poner un límite a sus intereses inmediatos" (11).

Aquí se transparenta otro modo-de-estar en el mundo, diferente del de la modernidad tecnocrática. En esta, el ser humano está sobre las cosas como quien las posee y domina. El modo-de-estar de Francisco es situarse junto con ellas para convivir como hermanos y hermanas en casa. Él intuyó místicamente lo que hoy sabemos por la ciencia: que todos somos portadores del mismo código genético de base; por eso nos une un lazo de consanguinidad, haciéndonos parientes, primos y hermanos y hermanas a unos de otros; de aquí la importancia de respetarnos y de amarnos mutuamente y jamás usar violencia entre nosotros y contra los demás seres, nuestros hermanos y hermanas. Este modo de ser podrá abrirnos un camino de superación de la crisis ecológica global.            

Papa Francisco: Iglesia en salida, ¿de dónde y hacia dónde? | BoffSemanal

Papa Francisco: Iglesia en salida, ¿de dónde y hacia dónde?

2013-07-03



Celebrando todavía la extraordinaria encíclica sobre "el cuidado de la Casa Común", volvemos a reflexionar sobre una perspectiva importante del Papa Francisco, un verdadero logotipo de su comprensión de la Iglesia como "una Iglesia en salida". Esta expresión encierra una velada crítica al modelo anterior de Iglesia que era una Iglesia "sin salida" debido a los diversos escándalos de orden moral y financiero, que forzaron a renunciar al Papa Benedicto XVI, una Iglesia que había perdido su mejor capital: la moralidad y la credibilidad de los cristianos y del mundo secular.

Pero el logotipo "Iglesia en salida" posee un significado más profundo, hecho posible porque viene de un Papa fuera de los cuadros institucionales de la vieja y cansada cristiandad europea. Esta había encerrado a la Iglesia dentro de una comprensión que la volvía prácticamente inaceptable para los modernos, rehén de tradiciones fosilizadas y con un mensaje que no mordía los problemas de los cristianos y del mundo actual. La "Iglesia en salida" quiere marcar una ruptura con aquel estado de cosas. Esta palabra "ruptura" irrita a los representantes del stablishment eclesiástico, pero no por eso deja de ser verdadera. Y entonces surge la pregunta: "salida" de dónde y hacia dónde? Veamos algunos pasos:

-Salida de una Iglesia-fortaleza que protegía a los fieles de las libertades modernas hacia una Iglesia-hospital de campaña que atiende a toda persona que la busca, sin importar su estado moral o ideológico.

-Salida de una Iglesia-institución absolutista, centrada en sí misma hacia una Iglesia-movimiento, abierta al diálogo universal, con otras Iglesias, religiones e ideologías.

-Salida de una Iglesia-jerarquía, creadora de desigualdades hacia una Iglesia-pueblo de Dios, que hace de todos hermanos y hermanas: una inmensa comunidad fraternal.

-Salida de una Iglesia-autoridad eclesiástica, distanciada de los fieles o incluso de espaldas a ellos, hacia una Iglesia-pastor que anda en medio del pueblo, con olor a oveja y misericordiosa.

-Salida de una Iglesia-Papa de todos los cristianos y obispos que gobierna con el rígido derecho canónico hacia una Iglesia-obispo de Roma, que preside en la caridad y sólo a partir de ella se hace papa de la Iglesia universal.

-Salida de una Iglesia-maestra de doctrinas y normas hacia una Iglesia-de prácticas sorprendentes y de encuentro afectuoso con las personas más allá de su pertenencia religiosa, moral o ideológica. Las periferias existenciales ganan centralidad.

-Salida de una Iglesia-de poder sagrado, de pompa y circunstancia, de palacios pontificios y titulaciones de nobleza renacentista hacia una Iglesia-pobre y para los pobres, despojada de símbolos de honor, servidora y portavoz profética contra el sistema de acumulación de dinero, el ídolo que produce sufrimiento y miseria y mata a las personas.

-Salida de la Iglesia-que habla de los pobres hacia una Iglesia-que va a los pobres, conversa con ellos, los abraza y los defiende.

-Salida de una Iglesia-equidistante de los sistemas políticos y económicos hacia una Iglesia-que toma partido a favor de las víctimas y que llama por su nombre a los causantes de las injusticias e invita a Roma a representantes de los movimientos sociales mundiales para discutir con ellos cómo buscar alternativas.

-Salida de una Iglesia-automagnificadora y acrítica hacia una Iglesia-de verdad sobre sí misma y contra cardenales, obispos y teólogos celosos de su status pero con cara de "vinagre o de viernes santo", "tristes como si fuesen a su propio entierro", una Iglesia, en fin, hecha de personas humanas.

-Salida de una Iglesia-del orden y del rigorismo hacia una Iglesia-de la revolución de la ternura, de la misericordia y del cuidado.

-Salida de una Iglesia-de devotos, como esos que aparecen en los programas televisivos, con curas artistas del mercado religioso, hacia una Iglesia-compromiso con la justicia social y con la liberación de los oprimidos.

-Salida de una Iglesia-obediencia y de la reverencia hacia una Iglesia-alegría del evangelio y de esperanza todavía para este mundo.

-Salida de una Iglesia-sin el mundo que permitió que surgiese un mundo sin Iglesia hacia una Iglesia-mundo, sensible al problema de la ecología y del futuro de la Casa Común, la madre Tierra.

Estas y otras salidas muestran que la Iglesia no se reduce solamente a una misión religiosa, acantonada en una parte privada de la realidad. Ella posee además una misión político-social en el mejor sentido de la palabra, como fuente de inspiración para las trasformaciones necesarias que rescaten a la humanidad para una civilización del amor y de la compasión, que sea menos individualista, materialista, cínica y desprovista de solidaridad.

Esta Iglesia-en-salida ha devuelto alegría y esperanza a los cristianos y reconquistado el sentimiento de ser un hogar espiritual. Por su sencillez, despojamiento y acogida con amor y ternura se ha granjeado la estima de muchas personas de otras confesiones, de simples ciudadanos del mundo e incluso de jefes de Estado que admiran la figura y las prácticas sorprendentes del Papa Francisco en favor de la paz, del diálogo entre los pueblos, de la renuncia a toda violencia y a la guerra.

Más que doctrinas y dogmas es la Tradición de Jesús, hecha de amor incondicional, de misericordia y de compasión que por él se actualiza y revela su inagotable energía humanizadora. Pues, entre otras cosas, este es el mensaje central de Jesús, aceptable por todas las personas de todos los rincones.             

sábado, 4 de julio de 2015

1° ENCUENTRO NACIONAL DE SALUD POPULAR - CEBMX | 25 y 26 de julio de 2015, México DF.

1° ENCUENTRO NACIONAL DE SALUD POPULAR - CEBMx
25-26 de julio de 2015

RECTORIA LA RESURRECCION DEL SEÑOR

Avenida Aztecas esquina Ixtlixóchitl, col. Ajusco.

Delegación Coyoacán, México, DF.



La salud del pueblo, para el pueblo y con el pueblo

He venido para que tengan vida,

 y vida en abundancia

(Jn 10, 10)

   


CONVOCAMOS a una delegación de 10 a 15 personas por Región a participar en el 1° Encuentro Nacional de Salud Popular, los días 25 y 26 (Sábado y Domingo) de Julio de 2015, EN LA RECTORIA LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR en México, D.F.


OBJETIVO: fortalecer la articulación de los procesos de salud popular con espiritualidad en Cebs, para intercambiar conocimientos y saberes, iniciar o reiniciar procesos regionales, y ser comunidades alternativas de salud.

TEMA: compartiendo nuestros saberes y conocimientos desde la salud tradicional como una experiencia de espiritualidad liberadora y comunitaria.

La APORTACIÓN es de $400 pesos en Pre-inscripción y $500 pesos el 25 de Julio de 2015. Incluye el taller y alimentos. El pago se puede hacer directamente en la RECTORIA cuanto antes y a más tardar el Sábado 25 de Julio, pero habrá que inscribirse antes en la Rectoría o por INTERNET para que el pago sea de 400 pesos: http://goo.gl/forms/6DBXHYm6xE
Si usted desea participar, favor de ponerse en contacto con su Animador Regional y luego inscribirse en el link anterior. O bien, escribir al correo: parremedios@gmail.com para que se te envíe el formulario de inscripción a través del cual estamos recabando información para conocer un poco sobre la realidad de la salud y para recuperar la historia de la salud popular en México desde las CEB.

TALLERES Y HORARIO

Los TALLERES (cupo limitado) que se impartirán son:
1) Auriculoterapia                
2) Herbolaria en Microdosis
3) Homeopatía                     
4) Iridología
5) Masaje Emocional          
6) Quiropráxis
7) Terapia de Emociones     
8) Tratamientos para la piel
* De Monterrey saldrá un AUTOBUS el viernes 24 de Julio, con el siguiente itinerario:
6:00 hrs. Salida de Cadereyta.
7:00 hrs. Salida de Plaza del Chorro (Isaac Garza y Arista, Mty)
8:00 hrs. Salida de Santa Catarina, parroquia de Los Remedios.

Aportación del autobús: 1100 pesos. Los que gusten irse en el autobús, favor de separar lugar, favor de llevar lonche para el almuerzo del camino. Será muy útil para quienes llevan productos para el trueque del sábado y la comercialización del domingo. Informes en parremedios@gmail.com o al Cel. 8184633491 (mensajes o whatssapp)

Para mayor información:
INSCRIPCIONES: Cel. 8184633491 (Sólo SMS –mensaje- o Whatsapp)
SEDE: (01-55) 56171101 y 56183016 (oficina). Cel. 5532634927 (Fco. Javier Zambrano)
SECRETARÍA NACIONAL DE CEBMX: 0155-56886336
PUEBLA: Cel. 2224152987

HORARIO:
24 de julio de 2015: Llegada de las y los participantes a partir de las 4 de la tarde.
25 de julio de 2015
08:00-08:30  Inscripciones
08:30-09:00 Bienvenida y Oración
09:00-10:20 Conferencia La ministerialidad de la salud
10:30-19:30 Talleres, trueque… Eucaristía.
26 de julio de 2015
08:30-09:00 Oración y Enlace del día anterior.
09:00-09:50 Conferencia La dignificación de la persona desde la salud, como una experiencia teológica.
10:00-12:30 Continuación de los talleres.
12:30-14:00 Práctica de comercialización.
14:00-15:00 COMIDA
15:00-17:00 Clausura y entrega de constancias.

CRITERIOS DE PARTICIPACIÓN:
- Pertenecer, haber participado o querer participar en una Comunidad Eclesial de Base.
- Comprometidos a recuperar la práctica ancestral del trueque como una experiencia ecoteológica (banco de alimentos con productos de la canasta básica, plantas, semillas, etc., y productos naturales elaborados: cremas, tinturas, plantas, etc.)
- Traer productos para comercializar.
- Que las y los participantes donen un producto para rifar una canasta al final del taller y sirva para solventar algunos gastos del Encuentro.
- Dispuestos a iniciar o revitalizar el proceso de salud popular en su Región – CEB.

XIX ENCUENTRO NACIONAL DE CEB - 2014
En este Encuentro se compartieron muchas experiencias de diferentes temas y una de ellas fue sobre la Salud Popular Tradicional. La Salud forma parte de los Proyectos Alternativos que nos hemos propuesto desde las CEB en la Planeación Estratégica Nacional de 2009-2016 con la finalidad de “mejorar nuestras condiciones de vida e incidir en el cambio social.”
Uno de los objetivos del 1° Encuentro Nacional de Salud Popular es articularnos para que juntos podamos llevar a cabo esa finalidad.