viernes, 18 de febrero de 2011

EL DESAFIO DE UNA ESPERANZA ACTIVA

EL DESAFÍO DE UNA ESPERANZA ACTIVA
Camilo Maccise
Revista Christus, Mayo-junio de 2010 (778)

La situación actual de nuestro país, sumergido en una crisis profunda de valores, dominado por una violencia creciente e institucionalizada, agobiado por los problemas económicos, de seguridad y los que origina una corrupción generalizada, deja poco espacio para mantener viva la esperanza. Muchos sucumben a la tentación del desaliento y de la impotencia y están convencidos de que nada puede cambiar. Los partidos políticos enfrascados en la lucha por el poder, poco o nada se preocupan por las necesidades del pueblo. Con todo, esta crisis que afecta toda la vida social hay que verla también como oportunidad para recorrer caminos inéditos para enfrentar los retos complejos y difíciles de la coyuntura actual. Es aquí precisamente donde la esperanza cristiana bien entendida, ayuda a hacer una lectura de la realidad desde la perspectiva de la fe y a enfrentar los signos de los tiempos desde un compromiso evangélico a nivel personal y social.

En un contexto de desesperanza y frustración hay que reflexionar sobre las razones para vivir y testimoniar la esperanza en medio de la crisis. En otras palabras, para encontrar los motivos y las formas de dar razón de nuestra esperanza al que nos la pida (cf. 1 P 3,15). El alejamiento de la Palabra de Dios, que se vivió en la teología prácticamente hasta poco antes del Vaticano II, trajo como consecuencia una desvalorización de la esperanza cristiana que se fue reduciendo a una actitud de espera paciente y resignada de la irrupción de lo definitivo en la historia humana. Quedó así relegada a un segundo plano frente a la fe y al amor. El regreso a la Escritura hizo que la esperanza ocupara el lugar que le corresponde en la teología y en la vida de los creyentes en Jesús. Con razón Charles Péguy afirmaba: “la fe que yo prefiero, dice Dios, es la esperanza”. J. Moltmann (1), a fines de los años sesenta e inicio de los setenta, hizo de la esperanza el principio teológico por excelencia y no dudó en afirmar que el cristianismo, por haber predicado una fe sin esperanza como compromiso en la transformación del mundo, contemplaba el surgimiento de muchas esperanzas sin fe.

La esperanza que se requiere en este momento en que vivimos es una esperanza activa, comunitaria y cósmica. Así la presentó el Vaticano II: “la espera de una tierra nueva no debe amortiguar sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios” (2). La esperanza cristiana no es enemiga de las esperanzas intramundanas. San Pablo no habla de una esperanza personalista ni espiritualista. Él pone de relieve el aspecto colectivo de la misma. Es la humanidad entera junto con el mundo visible la que está llamada a la plenitud. La dimensión activa de la esperanza cristiana debe orientarse también al progreso de la persona humana y a su liberación y, a través de ella, al progreso del mundo, de la ciencia y de la técnica. El concilio Vaticano II recordó a los cristianos que no pueden descuidar su compromiso de trabajar para hacer presentes, aunque sea imperfectamente, los valores del reino de Dios: amor, justicia, paz.

Esperanza y responsabilidad común en una sociedad pluralista

En este sentido, hay que testimoniar la esperanza en medio de la crisis, teniendo en cuenta que nuestra sociedad es una sociedad pluralista. En ella se encuentran diversas religiones, concepciones filosóficas, ideologías y sistemas de valores, que se encarnan en diferentes movimientos históricos y se proponen construir la sociedad del futuro. Por otro lado, la globalización económica, social, política y cultural ha tratado de imponer el sistema neoliberal como el camino acertado para la solución de la crisis mundial. Éste se ha revelado ineficaz ya que no ha hecho sino agudizarla. Frente a esta situación, testimoniar la esperanza no puede reducirse a exhortar a los diversos grupos sociales y a las categorías profesionales ni a estimularlos a contribuir con honestidad y competencia en la construcción de una sociedad nueva. Hay que concientizar sobre la responsabilidad común y colaborar con creyentes y no creyentes que, a partir de una ética mundial, se comprometen a favorecer una cultura de la no violencia y respeto de toda vida; de la solidaridad y de un orden económico justo; de la tolerancia y un estilo de vida honrado y veraz; de la igualdad y camaradería entre hombres y mujeres (3).

La luz de los signos de esperanza

Muchos se preguntan si es realista conservar la esperanza en un momento de crisis globalizada que suscita escepticismo ante la constatación de que utopías y esperanzas de hace algunos años se han derrumbado de repente. La situación de la humanidad, especialmente para los pobres, ha empeorado. La liberación del pecado social que los marginaba no se ha realizado. Los que eran excluidos y explotados son ahora “sobrantes” y “desechables” (4). “Las instituciones financieras y las empresas transnacionales se fortalecen al punto de subordinar las economías locales, sobre todo debilitando a los Estados… Con mucha frecuencia, se subordina la preservación de la naturaleza al desarrollo económico, con daños a la biodiversidad, con el agotamiento de las reservas de agua y de otros recursos naturales, con la contaminación del aire y el cambio climático” (5).

Con todo, no deja de haber signos de esperanza que ayudan a superar el desaliento y la desilusión y mantienen abiertos los horizontes para seguir adelante a pesar de las dificultades y los problemas. Además, la historia nos enseña que ha habido épocas más difíciles y desalentadoras y, que en ellas fue posible testimoniar la esperanza y proseguir en los esfuerzos por humanizar más al mundo. La fe en Cristo, Señor de la historia, y las exigencias del mundo de hoy nos piden ponernos en camino, es decir, no contentarnos con lo que hemos conseguido, creer que podemos alcanzar nuevas metas y superar el individualismo, el acomodamiento y el pragmatismo que son capaces de dañar la esperanza y de hacer que se abandonen proyectos, ideales y esfuerzos.

Si tenemos presente que Dios nos habla en la Escritura y en la vida y que el fundamento de nuestra esperanza es la bondad y fidelidad de Dios manifestada en el don de su Hijo y del Espíritu que dirige la historia, seremos capaces de descubrir los principales signos de esperanza en nuestro mundo conflictivo y de testimoniar la esperanza en medio de la crisis que parece oscurecer su presencia, ya que los medios de comunicación no prestan atención a lo que hay de positivo en medio del caos imperante.

Se requiere para ello una visión contemplativa de la realidad que lleva a descubrir a Dios en todas las circunstancias, a contemplar a Cristo en todas las personas y a buscar su voluntad en los acontecimientos (6)-

Algunos motivos que nos ofrecen el mundo y la Iglesia de hoy para vivir y testimoniar la esperanza

Nos limitamos a algunos que consideramos más importantes y que incluyen otros. En el mundo de hoy: la creciente toma de conciencia de la dignidad de la persona humana, la globalización de la solidaridad, los movimientos de liberación y defensa de la vida, el sentido de responsabilidad en relación con la naturaleza, la búsqueda de una ética mundial, los grupos y personas dedicados al servicio generoso y desinteresado de los demás. En la Iglesia: una participación más activa de los laicos y la fuerza transformadora de las comunidades eclesiales de base y de la religiosidad popular.

Existe en la actualidad el despertar de una nueva conciencia en los laicos, favorecida por estos cambios conciliares y por el clima sociocultural que fomenta la responsabilidad personal, el sentido comunitario y social, la crítica positiva a lo institucional. Aquí tenemos una razón para testimoniar la esperanza en medio de la crisis que se tiene también en la Iglesia. Los laicos se han ido comprometiendo cada vez más en diversas tareas pastorales y se han integrado en diferentes organismos eclesiales (comisiones, consejos de pastoral, etc.), también en la acción caritativa y en la liturgia.

Especialmente han sido las mujeres quienes han emprendido este camino. También hay laicos y laicas que actúan desde su fe en estructuras cívicas, culturales y sociales. Han surgido ovimientos, comunidades y asociaciones laicales dentro de la Iglesia.

Es verdad que falta todavía una integración más activa y corresponsable de la mujer en la Iglesia. Con todo, ya en el sínodo sobre los laicos, al menos a nivel de reflexión, se habló de la urgencia de que la Iglesia reconozca los dones de las mujeres y que los lleve a la práctica; de que hay que estar contra todas las formas de discriminación de la mujer (7). Al mismo tiempo se hicieron votos para que se reconozca la dignidad de la mujer en la sociedad civil y en la Iglesia. Por otro lado, tenemos la fuerza transformadora de las comunidades eclesiales de base y de la religiosidad popular. Las CEBs integran familias, adultos y jóvenes, en íntima relación interpersonal en la fe y que son expresión del amor preferente por el pueblo sencillo. En ellas se expresa, valora y purifica la religiosidad popular y se da posibilidad concreta de participación en la tarea eclesial y en el compromiso de transformar la sociedad como motores de liberación y desarrollo. Estas comunidades eclesiales de base, como lo recuerda el documento de Aparecida, han contado entre sus miembros personas que, en su entrega generosa, han derramado su sangre (8).

Por otra parte, la religiosidad popular a pesar de sus límites, contiene muchos valores que demuestran su autenticidad. La gente sencilla vive la esperanza como compromiso activo desde la fe en la búsqueda de la anticipación del Reino a través de la defensa de la dignidad humana, la búsqueda de la libertad y de la fraternidad en el mundo.

Algunos motivos para testimoniar la esperanza a la luz de la Escritura

San Pablo nos recuerda que “todo cuanto fue escrito en el pasado, se escribió para enseñanza nuestra para que con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza” (Rm 15, 4). La Escritura nos transmite un mensaje de esperanza que nos lleva a testimoniarla en este tiempo de crisis. Es una esperanza que se apoya en la bondad y fidelidad de Dios manifestada en el don de su Hijo, Señor de la historia y del Espíritu que la guía.

La presencia de Cristo resucitado

El Reino ocupa un lugar central en la predicación de Jesús. Él enseña a sus discípulos a esperarlo, a darse cuenta de su presencia en la historia y a pedir que llegue.

En la oración del Padrenuestro se suplica: “venga tu Reino”. El programa de predicación que hace del Reino, Jesús lo presenta en la Sinagoga de Nazaret (Lc 4,18-19). Jesús invita a descubrir a Dios actuando para la realización de ese Reino en los signos de liberación que Él realiza. Libera de la esclavitud del pecado e invita a la conversión (Mc 1,15). Libera de la esclavitud de la ley: colocó el sábado a servicio del hombre (Mc 2,27). Libera de todas las divisiones creadas por las personas: la división entre prójimo y no prójimo (Lc 10,29-37); entre sagrado y profano: Dios puede ser adorado en cualquier lugar, mientras sea en espíritu y verdad y no sólo en el templo (Jn.4, 21-24; Mc.11, 15-17; Jn.2, 19).

En el anuncio del Reino, Jesús ejercita la esperanza. Lo proclama en las condiciones de la situación histórica concreta en la que vive. Dios introduce el Reino en esa realidad y éste tiene que abrirse paso poco a poco y a través de crisis. Jesús las experimenta a lo largo de su vida y vive la esperanza contra toda esperanza en la aceptación de los planes del Padre. Experimenta la oposición y el aparente fracaso de su proyecto. Asume realizarlo no con el poder sino en la impotencia. Detrás de cada crisis de la misión de Jesús aparece el Dios paciente; el Dios del presente y del futuro que deja crecer el trigo y la cizaña en la vida de cada uno y en la historia (Mt 13,29); el Dios creador y liberador que saca de la nada lo que existe: de la derrota, el triunfo, y de la muerte, la vida. Como los discípulos de Emaús podemos superar el pesimismo y la desesperanza cuando descubrimos la presencia de Cristo resucitado en la fracción del pan de la caridad concreta y eficaz.

La presencia y la acción del Espíritu

En todos estos motivos para esperar, a pesar de las grandes crisis por las que atraviesa el mundo, está la convicción que tenemos los cristianos de la presencia y de la acción del Espíritu como señor de la historia. Nosotros tenemos la certeza de ser conducidos por el Espíritu del Señor, que llena el universo. y, por eso, la Iglesia “procura discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios” (9). Gaudium et Spes, hablando del desarrollo de la humanidad y de los cambios que se van operando en la historia del mundo, afirma que “el Espíritu de Dios, que con admirable providencia guía el curso de los tiempos y renueva la faz de la tierra, está presente en esta evolución” (10). “En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en forma de solo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual” (11).

Otra fuerte razón para vivir y testimoniar la esperanza es la convicción de que el Espíritu se hace presente en las culturas y religiones. Actúa concretamente también en la vida de los pueblos a través las “semillas del Verbo” que Él mismo coloca en ellas.

En cada una, en su modo de relacionarse con Dios, con los demás y con las cosas, el Espíritu se abre un camino para que las diversas espiritualidades y experiencias místicas guiadas por Él se encarnen en un determinado pueblo y en una determinada cultura, generalmente por medio de una religión o visión religiosa de la realidad.

La perspectiva esperanzadora del Apocalipsis

Otro motivo de esperanza lo encontramos en el Apocalipsis que describe la lucha entre el bien y el mal. Allí se nos dice que aparentemente triunfa éste, pero definitivamente triunfará el primero. En medio de la persecución, el cristiano debe vivir la esperanza con una actitud de paciencia perseverante, con la mirada puesta en la segunda venida del Señor, apoyado en la fe. Jesús vive resucitado y triunfante en el cielo. “Cuando la destrucción de la vida es tan intensa, el pueblo de Dios necesita de apocalipsis, de revelación, para tener claro dónde está Dios y dónde está el demonio en esta historia. La revelación va contra el ocultamiento; la revelación está contra la ideología. Lo que oculta el Imperio, la apocalíptica lo revela, pero lo revela a los pobres, a los oprimidos por el Imperio” (12)

El Apocalipsis es como la “sinfonía de un nuevo mundo”: cielos nuevos y tierra nueva (Ap 21,1). Al mismo tiempo orienta a los cristianos para que sepan interpretar y vivir su inserción en la historia, con sus interrogantes y sus penas, a la luz de la victoria definitiva de Cristo, sabiendo que “no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos buscando la futura” (Hb 13,14).

CONCLUSIÓN

Esperar en un mundo de mayor paz, solidaridad, armonía, justicia puede parecer algo irrealizable. Pero se suele decir que la esperanza es el sueño de los que están despiertos. Dom Helder Cámara, profeta de nuestro tiempo, afirmaba: “dichosos vosotros que soñáis y lucháis porque correréis el dulce riesgo de ver realizado vuestro sueño”. Necesitamos aprender a descubrir los signos de esperanza siempre presentes por la acción del Espíritu. Y debemos hacerlo guiados por las enseñanzas de Jesús. En las tres parábolas sobre la semilla, que Marcos coloca en el capítulo cuarto de su evangelio, tenemos sintetizadas las actitudes que nos deben acompañar como creyentes, llamados a dar razón de nuestra esperanza (1 P 3,15). La primera parábola, la del sembrador, nos ayuda a comprender que sin nuestra colaboración responsable, la semilla de la Palabra no da fruto. En cambio, la parábola de la semilla que crece por sí sola, es una invitación a la confianza; a sembrar y despreocuparnos, porque es Dios quien hace crecer la simiente sea que velemos o sea que durmamos. La parábola del grano de mostaza nos invita a no desanimarnos por lo poco que podemos hacer. En la lógica del evangelio de lo pequeño surge lo grande. En conclusión: hay que abrir los ojos de la fe para percibir los motivos de esperanza que hemos señalado y otros muchos, y frente a ellos hay que actuar con responsabilidad y confianza, aceptando la lógica del evangelio, que no es la lógica humana. Entonces, el Dios de la esperanza nos llena de alegría y paz en la fe para que abundemos en esperanza por la fuerza del Espíritu Santo (cf. Rm 15,13).

*****

1 J. MOLTMANN, Teología de la esperanza, Sígueme, Salamanca, 1969; Esperanza y planificación del futuro. Sígueme, Salamanca, 1971.
2 Gaudium et Spes, 39.
3 Cf. II Parlamento de las religiones del mundo (Chicago, 1993), Hacia una ética mundial. Una
declaración inicial.
4 Cf. Documento de Aparecida, 65.
5 Ib. 66.
6 Cf. Apostolicamactuositatem, 4.
7 Cf. Proposiciones, n. 46.
8 Cf. Documento de Aparecida, 178.
9 Gaudium et Spes, 11.
10 Ib. 26.
11 Ib. 21.
12 P. RICHARD, Apocalíptica: Esperanca dos Pobres, RIBLA, 7 (1990/3) p. 6. Cit. en B. FERRARO, Función de la teología en medio de las crisis de referentes, de utopías y de esperanza, AA.VV. Teología y nuevos paradigmas, (Bilbao, 1999) pp. 204-

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