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viernes, 4 de febrero de 2022

Boletín Amerindia | No. 291 | 04 de Febrero de 2022


Boletín Amerindia | No. 291 | 04 de Febrero de 2022

Boletín No. 291

04 de Febrero de 2022

Biblioteca Amerindia

Teología de la liberación en tiempos excepcionales de crisis y esperanza

Publicado el 29 de Enero de 2022

[AMERINDIA]

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Nueva publicación: "Teología de la liberación en tiempos excepcionales de crisis y esperanza"

Publicado el 29 de Enero de 2022

[Por: Manuel Godoy | Prólogo]

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Por una sinodalidad como proceso de coherencia

Publicado el 01 de Febrero de 2022

[Por: Diego Pereira Ríos]

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De Ucrania a Fratelli tutti

Publicado el 03 de Febrero de 2022

[Por: Víctor Codina, SJ]

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Habitar la Tierra ¿Cuál es el camino para la fraternidad universal?

Publicado el 01 de Febrero de 2022

[Por: Leonardo Boff]

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Masculinidad y pederastia clerical: sin compasión

Publicado el 29 de Enero de 2022

[Por: Juan José Tamayo]

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Dios, derechas e izquierdas

Publicado el 01 de Febrero de 2022

[Por: Marcelo Barros]

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La vida religiosa: ¿del caos al «kairós»?

Publicado el 04 de Febrero de 2022

[Por: Víctor Codina | La Civilità Cattolica]

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La CLAR por la Jornada Mundial de la Vida Consagrada: "Es la hora de recuperar la clave evangélica del servicio"

Publicado el 02 de Febrero de 2022

[Por: Ángel Morillo | ADN Celam]

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El Celam agradece a la Vida Consagrada por visibilizar "el rostro misericordioso de Jesús en medio de los más necesitados"

Publicado el 02 de Febrero de 2022

[Por: Luis Miguel Modino | ADN Celam]

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Hna. Liliana Franco: "Sólo ubicados en el lugar de los más pobres, la Vida Religiosa se repoblará de sentido"

Publicado el 02 de Febrero de 2022

[Por: Luis Miguel Modino | ADN Celam]

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Hna. María Inés Ribeiro: "Ser profecía, presencia, curar, redimir, salvar, liberar, sin esto no tiene sentido la Vida Consagrada"

Publicado el 02 de Febrero de 2022

[Por: Luis Miguel Modino | Religión Digital]

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Helena Jeppesen: "Me alegra que la igualdad de las mujeres sea una preocupación para Roma"

Publicado el 04 de Febrero de 2022

[Por: Regula Pfeifer |kath.ch]

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¿Clericalismo laico?

Publicado el 30 de Enero de 2022

[Por: José I. González Fauss | Religión Digital]

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Dios en la Cola

Publicado el 30 de Enero de 2022

[Por: Julio Pernús]

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El Papa, sobre los presos: "Es justo que quien se ha equivocado pague por su error, pero también que pueda redimirse"

Publicado el 31 de Enero de 2022

[Por: José Manuel Vidal | Religión Digital]

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El Papa denuncia "los bandos ideológicos" en la Iglesia, que impiden la escucha y fomentan "contraposiciones estériles"

Publicado el 31 de Enero de 2022

[Por: Jesús Bastante | Religión Digital]

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Comunicado de las CEBs por la beatificación de los mártires de El Salvador

Publicado el 30 de Enero de 2022

[Articulación Continental CEBs]

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Revivificar la confianza mutua

Publicado el 29 de Enero de 2022

[Por: Pedro Pierre]

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Proyecto Repara: cuando las víctimas de abusos son sagradas... también para la Iglesia

Publicado el 30 de Enero de 2022

[Por: Jesús Bastante | Infomadrid – Religión Digital]

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Maria Skobtsov: cuidar de los exiliados, bordar iconos

Publicado el 31 de Enero de 2022

[Por: Felisa Elizondo | Cristianisme i Justicia]

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Los tribunales cubanos juzgan a 790 personas por las protestas del 11-J

Publicado el 31 de Enero de 2022

[Por: Mauricio Vicent | EFE]

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Aves de mal agüero

Publicado el 30 de Enero de 2022

[Por: Carolina Vásquez Araya]

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Hacia una integración regional desde el buen vivir

Publicado el 31 de Enero de 2022

[Por: Andrés Kogan Valderrama | ALAI]

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Manadas, jaurías y comunidad

Publicado el 31 de Enero de 2022

[Por: Eduardo de la Serna]

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Duro informe de la Cepal

Publicado el 31 de Enero de 2022

[EFE / Emol]

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Bolivia: las mujeres que derrotaron a Banzer

Publicado el 30 de Enero de 2022

[Por: Miguel Pinto Parabá | ALAI]

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La economía en 2022: Más nubes que claros

Publicado el 31 de Enero de 2022

[Por: Juan Torres López | Nueva Tribuna]

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Cada vez más desiguales y menos conscientes de ello

Publicado el 30 de Enero de 2022

[Por: Álvaro Lobo | Mensaje]

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Honduras es un volcán, la oposición repite el guion venezolano

Publicado el 31 de Enero de 2022

[Por: José A. Amesty R.]

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La desigualdad económica mundial exacerba la pandemia y mata a millones de personas

Publicado el 31 de Enero de 2022

[Por: Amy Goodman y Denis Moynihan | ALAI]

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Tiempos de pandemia: adaptaciones y transformaciones en Sudamérica

Publicado el 30 de Enero de 2022

[Por: Óscar Bazoberry Chali | Diálogos]

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Centroamérica: Una mirada al éxodo desde los tres países del norte de la zona

Publicado el 30 de Enero de 2022

[Por: Lizbeth del Rosario Gramajo Bauer | ALTERINFOS]

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Chile: En este país está la novedad más importante y esperanzadora

Publicado el 30 de Enero de 2022

[Por: Eduardo Gudynas | ALAI]

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Chile brabucón: las amenazas de Cuellar, un general del «Ejército jamás vencido»

Publicado el 30 de Enero de 2022

[Por: Alejandro Kirk | Politika]

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De la ilusión de armonía a la armonía desilusionada

Publicado el 30 de Enero de 2022

[Por: Guillermo Tell Aveledo | Revista SIC]

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Cómo se relaciona la COP26 con la geopolítica de la Amazonía

Publicado el 30 de Enero de 2022

[Por: Giovani del Prete | ALAI]

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Boletín ALAS No. 431

Publicado el 30 de Enero de 2022

[Observatorio Eclesial]

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Comentarios bíblicos: El profeta Jesús para todas y todos

Publicado el 29 de Enero de 2022

[Por: Eduardo de la Serna]

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Comentarios bíblicos: 4o Domingo Orginario – C. ¿Qué dice Mons. Romero?

Publicado el 29 de Enero de 2022

[Por: Luis Van de Velde]

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Comentarios bíblicos: Ser vivientes micrófonos del Señor

Publicado el 29 de Enero de 2022

[Por: Tere y Luis Van de Velde]

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Domingo de la Palabra: un despertar la conciencia

Publicado el 29 de Enero de 2022

[Por: Ángela Cabrera]

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Revista Cuestiones Teológicas: Convocatoria para publicar 2022

Publicado el 30 de Enero de 2022

[Universidad Pontificia Bolivariana]

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martes, 14 de julio de 2015

En Grecia la dignidad venció a la codicia | BoffSemanal_20150714

En Grecia la dignidad venció a la codicia


Hay momentos en la vida de un pueblo en que debe decir No, más allá de sus posibles consecuencias. Se trata de la dignidad, de la soberanía popular, de la democracia real y del tipo de vida que se quiere para toda la población.

Hace cinco años que Grecia se debate en una terrible crisis económico-financiera, sujeta a todo tipo de explotación, chantaje y hasta terrorismo por parte del sistema financiero, especialmente de origen alemán y francés. Hubo una verdadera intervención en la soberanía nacional mediante la pura y simple imposición de medidas de extrema austeridad elaboradas, sin consultar con nadie, por la Troika (Banco Central Europeo, Comisión Europea y el FMI).

Tales medidas han implicado una tragedia social, ante la cual el sistema financiero no ha mostrado ningún sentido de humanidad. "Sálvese el dinero y que sufra o muera el pueblo". Efectivamente, desde que comenzó la crisis ocurrieron más de diez mil suicidios de pequeños negociantes insolventes, centenares de niños dejados a las puertas de los monasterios con una nota de las madres desesperadas: "no dejen que mi niño muera de hambre". Uno de cada cuatro adultos está desempleado, más de la mitad de los jóvenes sin ocupación remunerada y el PIB cayó un 27%. No pasa por la cabeza de los especuladores que detrás de las estadísticas se esconde un viacrucis de sufrimiento de millones de personas y la humillación de todo un pueblo. Su lema es "la codicia es buena". No cuenta nada más.

Los negociadores del nuevo gobierno griego de izquierda, de Syriza, con el primer ministro Alexis Tsipras y como ministro de hacienda un académico y famoso economista de la teoría de los juegos, Yanis Varoufakis, que quisieron negociar las medidas de austeridad durísimas, encontraron oídos sordos. La actitud era de total sumisión: "o tomar o dejar". El más duro era el ministro de Finanzas alemán Wolfgang Sträuble: "no hay nada que negociar; aplíquense las medidas*reglas". Nada de estrategia del gana-gana, sino pura y simplemente el gana-pierde. La disposición era humillar al gobierno de izquierda socialista, dar una lección a todos los demás países con crisis semejantes (Italia, España, Portugal).

La única salida honrosa de Tsipras fue convocar un referendum: consultar al pueblo sobre si decir No (OXI) o Sí (NAI). ¿Cuál es la posición ante la inflexibilidad férrea de la austeridad que aparece totalmente irracional por llevar a una nación al colapso, exigiendo un cobro de la deuda reconocidamente impagable?. El propio Gobierno propuso la consulta y sugirió el No. Los acreedores y los gobiernos de Francia y Alemania amenazaron, practicaron un verdadero terrorismo, en palabras del ministro Varoufakis, y falsificaron las informaciones, como si el referéndum fuese para quedar en la zona Euro o salir de ella, cuando a decir verdad no se trataba de eso. Solo se trataba de aceptar o rechazar el "diktat" de las instituciones financieras europeas. Grecia quiere quedarse dentro de la zona euro.

La victoria del domingo 5 de julio fue espectacular para el No: 61% contra 38% del Sí. Primera lección: los poderosos no pueden hacer lo les parece y los débiles no están dispuestos a aceptar más las humillaciones. Segunda lección: la derrota del mostró claramente el corazón empedernido del capital bancario europeo. Tercero: trajo a la luz la traición de la Unidad Europea a sus propios ideales que eran la integración con solidaridad, con igualdad y con asistencia social. Se rindieron a la lógica perversa del capital financiero.

La victoria del No representa una lección para toda Europa: si quiere seguir siendo títere de las políticas imperiales norteamericanas o si quiere construir una verdadera unidad europea sobre los valores de la democracia y de los derechos. El nada sospechoso semanario liberal Der Spiegel advertía que a través de la Sra. Merkel, arrogante e inflexible, Alemania podría provocar, por tercera vez ya, una tragedia europea. Los burócratas de Bruselas han perdido el sentido de la historia y cualquier referencia ética y humanitaria. En venganza el Banco Central Europeo dejó de suministrar el dinero para que los bancos griegos siguiesen funcionando y los obligó a cerrar.

Una lección para todos, también para nosotros: cuando se trata de una crisis radical, que determina los rumbos futuros del país, debe volverse hacia el pueblo, portador de la soberanía política y confiar en él. A partir de ahora los acreedores y las inflexibles autoridades de la zona Euro tendrán por delante no a un gobierno, al que pueden aterrorizar y manipular, sino a un pueblo unido que tiene conciencia de su dignidad y que no se rinde a la avidez de los capitales. Como decía un cartel: "Si no morimos de amor, ¿por qué vamos a morir de hambre?"
En Grecia nació la democracia de cuño elitista. Ahora está naciendo una democracia popular y directa. Será un complemento a la democracia de delegación. Esto también vale para nosotros.

Un pronóstico, quizá una profecía: ¿no estará naciendo, a partir de Grecia, la era de los pueblos? Ante las crisis globales serán ellos los que irán a las calles, como entre nosotros y en España, y tratarán de formular los parámetros políticos y éticos del tipo de mundo que queremos para todos. Ya no confían en el que viene de arriba. Seguramente el eje estructurador no será la economía capitalista que se desmorona, sino la vida: de las personas, de la naturaleza y de la Tierra. Eso realizaría el sueño del Papa Francisco en su encíclica: la humanidad "cuidando de la Casa Común".

Leonardo BOFF
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domingo, 12 de julio de 2015

"Queremos y necesitamos un cambio", el Papa en el II Encuentro Mundial de los Movimientos Populares en Bolivia

"Queremos y necesitamos un cambio", el Papa en el II Encuentro Mundial de los Movimientos Populares en Bolivia
2015-07-10 Radio Vaticana

(RV).- "Necesitamos un cambio, un cambio real, un cambio positivo, un cambio redentor", lo dijo el Papa Francisco en el II Encuentro Mundial de los Movimientos Populares en Santa Cruz de la Sierra.
En la segunda etapa de su Visita Apostólica a Latinoamérica el Santo Padre participó en el Encuentro Mundial de los Movimientos Populares, evento organizado en colaboración con el Pontificio Consejo de Justicia y Paz y la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales. El Encuentro reúne a delegados de los movimientos populares de todo el mundo: indígenas, inmigrantes, campesinos "sin tierras", "villeros", etc.
En su discurso, el Pontífice recordó con alegría el primer Encuentro de los Movimientos Populares realizado en Roma en octubre de 2014, el que se vivió en un clima de "fraternidad, garra, entrega, sed de justicia". En este segundo Encuentro, dijo el Papa, "invito a todos, a los Obispos, sacerdotes y laicos, junto a las organizaciones sociales de las periferias urbanas y rurales, a profundizar este encuentro", con el fin de superar la graves situaciones de injusticia que sufren los excluidos en América Latina y en toda la tierra.
Asimismo, el Obispo de Roma señaló que ante los problemas comunes de los latinoamericanos y en general de toda la humanidad, necesitamos y queremos un cambio. "Un cambio real, un cambio de estructuras. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los Pueblos… Y tampoco lo aguanta la Tierra, la hermana Madre Tierra como decía San Francisco". Por ello, afirmó el Papa, el mundo entero necesita "respuestas globales a los problemas locales. La globalización de la esperanza, que nace de los Pueblos y crece entre los pobres, debe sustituir esta globalización de la exclusión y la indiferencia".
(Renato Martinez – RV)
Texto y audio completo del discurso del Papa Francisco
Buenas tardes a todos.
Hace algunos meses nos reunimos en Roma y tengo presente ese primer encuentro nuestro. Durante este tiempo los he llevado en mi corazón y oraciones. Me alegra verlos de nuevo aquí, debatiendo los mejores caminos para superar las graves situaciones de injusticia que sufren los excluidos en todo el mundo. Gracias Señor Presidente Evo Morales por acompañar tan decididamente este Encuentro.
Aquella vez en Roma sentí algo muy lindo: fraternidad, garra, entrega, sed de justicia. Hoy, en Santa Cruz de la Sierra, vuelvo a sentir lo mismo. Gracias por eso. También he sabido por medio del Pontificio Consejo Justicia y Paz que preside el Cardenal Turkson, que son muchos en la Iglesia los que se sienten más cercanos a los movimientos populares. ¡Me alegra tanto! Ver la Iglesia con las puertas abiertas a todos Ustedes, que se involucre, acompañe y logre sistematizar en cada diócesis, en cada Comisión de Justicia y Paz, una colaboración real, permanente y comprometida con los movimientos populares. Los invito a todos, Obispos, sacerdotes y laicos, junto a las organizaciones sociales de las periferias urbanas y rurales, a profundizar ese encuentro.
Dios permite que hoy nos veamos otra vez. La Biblia nos recuerda que Dios escucha el clamor de su pueblo y quisiera yo también volver a unir mi voz a la de Ustedes: tierra, techo y trabajo para todos nuestros hermanos y hermanas. Lo dije y lo repito: son derechos sagrados. Vale la pena, vale la pena luchar por ellos. Que el clamor de los excluidos se escuche en América Latina y en toda la tierra.
1. Empecemos reconociendo que necesitamos un cambio. Quiero aclarar, para que no haya malos entendidos, que hablo de los problemas comunes de todos los latinoamericanos y, en general, de toda la humanidad. Problemas que tienen una matriz global y que hoy ningún Estado puede resolver por sí mismo. Hecha esta aclaración, propongo que nos hagamos estas preguntas:
- ¿Reconocemos que las cosas no andan bien en un mundo donde hay tantos campesinos sin tierra, tantas familias sin techo, tantos trabajadores sin derechos, tantas personas heridas en su dignidad?
- ¿Reconocemos que las cosas no andan bien cuando estallan tantas guerras sin sentido y la violencia fratricida se adueña hasta de nuestros barrios? ¿Reconocemos que las cosas no andan bien cuando el suelo, el agua, el aire y todos los seres de la creación están bajo permanente amenaza?
Entonces, digámoslo sin miedo: necesitamos y queremos un cambio.
Ustedes –en sus cartas y en nuestros encuentros– me han relatado las múltiples exclusiones e injusticias que sufren en cada actividad laboral, en cada barrio, en cada territorio. Son tantas y tan diversas como tantas y diversas sus formas de enfrentarlas. Hay, sin embargo, un hilo invisible que une cada una de esas exclusiones, ¿podemos reconocerlo? Porque no se trata de cuestiones aisladas. Me pregunto si somos capaces de reconocer que estas realidades destructoras responden a un sistema que se ha hecho global. ¿Reconocemos que este sistema ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza?
Si es así, insisto, digámoslo sin miedo: queremos un cambio, un cambio real, un cambio de estructuras. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los Pueblos… Y tampoco lo aguanta la Tierra, la hermana Madre Tierra como decía San Francisco.
Queremos un cambio en nuestras vidas, en nuestros barrios, en el pago chico, en nuestra realidad más cercana; también un cambio que toque al mundo entero porque hoy la interdependencia planetaria requiere respuestas globales a los problemas locales. La globalización de la esperanza, que nace de los Pueblos y crece entre los pobres, debe sustituir esta globalización de la exclusión y la indiferencia.
Quisiera hoy reflexionar con Ustedes sobre el cambio que queremos y necesitamos. Saben que escribí recientemente sobre los problemas del cambio climático. Pero, esta vez, quiero hablar de un cambio en el otro sentido. Un cambio positivo, un cambio que nos haga bien, un cambio –podríamos decir– redentor. Porque lo necesitamos. Sé que Ustedes buscan un cambio y no sólo ustedes: en los distintos encuentros, en los distintos viajes he comprobado que existe una espera, una fuerte búsqueda, un anhelo de cambio en todos los Pueblos del mundo. Incluso dentro de esa minoría cada vez más reducida que cree beneficiarse con este sistema reina la insatisfacción y especialmente la tristeza. Muchos esperan un cambio que los libere de esa tristeza individualista que esclaviza.
El tiempo, hermanos, hermanas, el tiempo parece que se estuviera agotando; no alcanzó el pelearnos entre nosotros, sino que hasta nos ensañamos con nuestra casa. Hoy la comunidad científica acepta lo que hace ya desde hace mucho tiempo denuncian los humildes: se están produciendo daños tal vez irreversibles en el ecosistema. Se está castigando a la tierra, a los pueblos y las personas de un modo casi salvaje. Y detrás de tanto dolor, tanta muerte y destrucción, se huele el tufo de eso que Basilio de Cesarea llamaba «el estiércol del diablo». La ambición desenfrenada de dinero que gobierna. El servicio para el bien común queda relegado. Cuando el capital se convierte en ídolo y dirige las opciones de los seres humanos, cuando la avidez por el dinero tutela todo el sistema socioeconómico, arruina la sociedad, condena al hombre, lo convierte en esclavo, destruye la fraternidad interhumana, enfrenta pueblo contra pueblo y, como vemos, incluso pone en riesgo esta nuestra casa común.
No quiero extenderme describiendo los efectos malignos de esta sutil dictadura: ustedes los conocen. Tampoco basta con señalar las causas estructurales del drama social y ambiental contemporáneo. Sufrimos cierto exceso de diagnóstico que a veces nos lleva a un pesimismo charlatán o a regodearnos en lo negativo. Al ver la crónica negra de cada día, creemos que no hay nada que se puede hacer salvo cuidarse a uno mismo y al pequeño círculo de la familia y los afectos.
¿Qué puedo hacer yo, cartonero, catadora, pepenador, recicladora frente a tantos problemas si apenas gano para comer? ¿Qué puedo hacer yo artesano, vendedor ambulante, transportista, trabajador excluido si ni siquiera tengo derechos laborales? ¿Qué puedo hacer yo, campesina, indígena, pescador que apenas puedo resistir el avasallamiento de las grandes corporaciones? ¿Qué puedo hacer yo desde mi villa, mi chabola, mi población, mi rancherío cuando soy diariamente discriminado y marginado? ¿Qué puede hacer ese estudiante, ese joven, ese militante, ese misionero que patea las barriadas y los parajes con el corazón lleno de sueños pero casi sin ninguna solución para mis problemas? ¡Mucho! Pueden hacer mucho. Ustedes, los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos, pueden y hacen mucho. Me atrevo a decirles que el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas creativas, en la búsqueda cotidiana de «las tres T» (trabajo, techo, tierra) y también, en su participación protagónica en los grandes procesos de cambio, nacionales, regionales y mundiales. ¡No se achiquen!
2. Ustedes son sembradores de cambio. Aquí en Bolivia he escuchado una frase que me gusta mucho: «proceso de cambio». El cambio concebido no como algo que un día llegará porque se impuso tal o cual opción política o porque se instauró tal o cual estructura social. Sabemos dolorosamente que un cambio de estructuras que no viene acompañado de una sincera conversión de las actitudes y del corazón termina a la larga o a la corta por burocratizarse, corromperse y sucumbir. Por eso me gusta tanto la imagen del proceso, donde la pasión por sembrar, por regar serenamente lo que otros verán florecer, remplaza la ansiedad por ocupar todos los espacios de poder disponibles y ver resultados inmediatos. Cada uno de nosotros no es más que parte de un todo complejo y diverso interactuando en el tiempo: pueblos que luchan por una significación, por un destino, por vivir con dignidad, por «vivir bien».
Ustedes, desde los movimientos populares, asumen las labores de siempre motivados por el amor fraterno que se revela contra la injusticia social. Cuando miramos el rostro de los que sufren, el rostro del campesino amenazado, del trabajador excluido, del indígena oprimido, de la familia sin techo, del migrante perseguido, del joven desocupado, del niño explotado, de la madre que perdió a su hijo en un tiroteo porque el barrio fue copado por el narcotráfico, del padre que perdió a su hija porque fue sometida a la esclavitud; cuando recordamos esos «rostros y nombres» se nos estremecen las entrañas frente a tanto dolor y nos conmovemos… Porque «hemos visto y oído», no la fría estadística sino las heridas de la humanidad doliente, nuestras heridas, nuestra carne. Eso es muy distinto a la teorización abstracta o la indignación elegante. Eso nos conmueve, nos mueve y buscamos al otro para movernos juntos. Esa emoción hecha acción comunitaria no se comprende únicamente con la razón: tiene un plus de sentido que sólo los pueblos entienden y que da su mística particular a los verdaderos movimientos populares.
Ustedes viven cada día, empapados, en el nudo de la tormenta humana. Me han hablado de sus causas, me han hecho parte de sus luchas y yo se los agradezco. Ustedes, queridos hermanos, trabajan muchas veces en lo pequeño, en lo cercano, en la realidad injusta que se les impuso y a la que no se resignan, oponiendo una resistencia activa al sistema idolátrico que excluye, degrada y mata. Los he visto trabajar incansablemente por la tierra y la agricultura campesina, por sus territorios y comunidades, por la dignificación de la economía popular, por la integración urbana de sus villas y asentamientos, por la autoconstrucción de viviendas y el desarrollo de infraestructura barrial, y en tantas actividades comunitarias que tienden a la reafirmación de algo tan elemental e innegablemente necesario como el derecho a «las tres T»: tierra, techo y trabajo.
Ese arraigo al barrio, a la tierra, al territorio, al oficio, al gremio, ese reconocerse en el rostro del otro, esa proximidad del día a día, con sus miserias y sus heroísmos cotidianos, es lo que permite ejercer el mandato del amor, no a partir de ideas o conceptos sino a partir del encuentro genuino entre personas, porque ni los conceptos ni las ideas se aman; se aman las personas. La entrega, la verdadera entrega surge del amor a hombres y mujeres, niños y ancianos, pueblos y comunidades… rostros y nombres que llenan el corazón. De esas semillas de esperanza sembradas pacientemente en las periferias olvidadas del planeta, de esos brotes de ternura que lucha por subsistir en la oscuridad de la exclusión, crecerán árboles grandes, surgirán bosques tupidos de esperanza para oxigenar este mundo.
Veo con alegría que ustedes trabajan en lo cercano, cuidando los brotes; pero, a la vez, con una perspectiva más amplia, protegiendo la arboleda. Trabajan en una perspectiva que no sólo aborda la realidad sectorial que cada uno de ustedes representa y a la que felizmente está arraigado, sino que también buscan resolver de raíz los problemas generales de pobreza, desigualdad y exclusión.
Los felicito por eso. Es imprescindible que, junto a la reivindicación de sus legítimos derechos, los Pueblos y sus organizaciones sociales construyan una alternativa humana a la globalización excluyente. Ustedes son sembradores del cambio. Que Dios les dé coraje, alegría, perseverancia y pasión para seguir sembrando. Tengan la certeza que tarde o temprano vamos de ver los frutos. A los dirigentes les pido: sean creativos y nunca pierdan el arraigo a lo cercano, porque el padre de la mentira sabe usurpar palabras nobles, promover modas intelectuales y adoptar poses ideológicas, pero si ustedes construyen sobre bases sólidas, sobre las necesidades reales y la experiencia viva de sus hermanos, de los campesinos e indígenas, de los trabajadores excluidos y las familias marginadas, seguramente no se van a equivocar.
La Iglesia no puede ni debe ser ajena a este proceso en el anuncio del Evangelio. Muchos sacerdotes y agentes pastorales cumplen una enorme tarea acompañando y promoviendo a los excluidos en todo el mundo, junto a cooperativas, impulsando emprendimientos, construyendo viviendas, trabajando abnegadamente en los campos de la salud, el deporte y la educación. Estoy convencido que la colaboración respetuosa con los movimientos populares puede potenciar estos esfuerzos y fortalecer los procesos de cambio.
Tengamos siempre en el corazón a la Virgen María, una humilde muchacha de un pequeño pueblo perdido en la periferia de un gran imperio, una madre sin techo que supo transformar una cueva de animales en la casa de Jesús con unos pañales y una montaña de ternura. María es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolores de parto hasta que brote la justicia. Rezo a la Virgen María, a la que el pueblo boliviano se confía con fervor, para que permita que este Encuentro nuestro sea fermento de cambio.
3. Por último quisiera que pensemos juntos algunas tareas importantes para este momento histórico, porque queremos un cambio positivo para el bien de todos nuestros hermanos y hermanas, eso lo sabemos. Queremos un cambio que se enriquezca con el trabajo mancomunado de los gobiernos, los movimientos populares y otras fuerzas sociales, eso también lo sabemos. Pero no es tan fácil definir el contenido del cambio, podría decirse, el programa social que refleje este proyecto de fraternidad y justicia que esperamos. En ese sentido, no esperen de este Papa una receta. Ni el Papa ni la Iglesia tienen el monopolio de la interpretación de la realidad social ni la propuesta de soluciones a los problemas contemporáneos. Me atrevería a decir que no existe una receta. La historia la construyen las generaciones que se suceden en el marco de pueblos que marchan buscando su propio camino y respetando los valores que Dios puso en el corazón.
Quisiera, sin embargo, proponer tres grandes tareas que requieren el decisivo aporte del conjunto de los movimientos populares:
3.1. La primera tarea es poner la economía al servicio de los Pueblos: Los seres humanos y la naturaleza no deben estar al servicio del dinero. Digamos NO a una economía de exclusión e inequidad donde el dinero reina en lugar de servir. Esa economía mata. Esa economía excluye. Esa economía destruye la Madre Tierra.
La economía no debería ser un mecanismo de acumulación sino la adecuada administración de la casa común. Eso implica cuidar celosamente la casa y distribuir adecuadamente los bienes entre todos. Su objeto no es únicamente asegurar la comida o un "decoroso sustento". Ni siquiera, aunque ya sería un gran paso, garantizar el acceso a «las tres T» por las que ustedes luchan. Una economía verdaderamente comunitaria, podría decir, una economía de inspiración cristiana, debe garantizar a los pueblos dignidad «prosperidad sin exceptuar bien alguno».[1] Esto implica «las tres T» pero también acceso a la educación, la salud, la inovación, las manifestaciones artísticas y culturales, la comunicación, el deporte y la recreación. Una economía justa debe crear las condiciones para que cada persona pueda gozar de una infancia sin carencias, desarrollar sus talentos durante la juventud, trabajar con plenos derechos durante los años de actividad y acceder a una digna jubilación en la ancianidad. Es una economía donde el ser humano en armonía con la naturaleza, estructura todo el sistema de producción y distribución para que las capacidades y las necesidades de cada uno encuentren un cauce adecuado en el ser social. Ustedes, y también otros pueblos, resumen este anhelo de una manera simple y bella: «vivir bien».
Esta economía no es sólo deseable y necesaria sino también posible. No es una utopía ni una fantasía. Es una perspectiva extremadamente realista. Podemos lograrlo. Los recursos disponibles en el mundo, fruto del trabajo intergeneracional de los pueblos y los dones de la creación, son más que suficientes para el desarrollo integral de «todos los hombres y todo el hombre».[2] El problema, en cambio, es otro. Existe un sistema con otros objetivos. Un sistema que a pesar de acelerar irresponsablemente los ritmos de la producción, a pesar de implementar métodos en la industria y la agricultura que dañan la Madre Tierra en aras de la «productividad», sigue negándoles a miles de millones de hermanos los más elementales derechos económicos, sociales y culturales. Ese sistema atenta contra el proyecto de Jesús.
La distribución justa de los frutos de la tierra y el trabajo humano no es mera filantropía. Es un deber moral. Para los cristianos, la carga es aún más fuerte: es un mandamiento. Se trata de devolverles a los pobres y a los pueblos lo que les pertenece. El destino universal de los bienes no es un adorno discursivo de la doctrina social de la Iglesia. Es una realidad anterior a la propiedad privada. La propiedad, muy en especial cuando afecta los recursos naturales, debe estar siempre en función de las necesidades de los pueblos. Y estas necesidades no se limitan al consumo. No basta con dejar caer algunas gotas cuando lo pobres agitan esa copa que nunca derrama por si sola. Los planes asistenciales que atienden ciertas urgencias sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras. Nunca podrán sustituir la verdadera inclusión: ésa que da el trabajo digno, libre, creativo, participativo y solidario.
En este camino, los movimientos populares tienen un rol esencial, no sólo exigiendo y reclamando, sino fundamentalmente creando. Ustedes son poetas sociales: creadores de trabajo, constructores de viviendas, productores de alimentos, sobre todo para los descartados por el mercado mundial.
He conocido de cerca distintas experiencias donde los trabajadores unidos en cooperativas y otras formas de organización comunitaria lograron crear trabajo donde sólo había sobras de la economía idolátrica. Las empresas recuperadas, las ferias francas y las cooperativas de cartoneros son ejemplos de esa economía popular que surge de la exclusión y, de a poquito, con esfuerzo y paciencia, adopta formas solidarias que la dignifican. ¡Qué distinto es eso a que los descartados por el mercado formal sean explotados como esclavos!
Los gobiernos que asumen como propia la tarea de poner la economía al servicio de los pueblos deben promover el fortalecimiento, mejoramiento, coordinación y expansión de estas formas de economía popular y producción comunitaria. Esto implica mejorar los procesos de trabajo, proveer infraestructura adecuada y garantizar plenos derechos a los trabajadores de este sector alternativo. Cuando Estado y organizaciones sociales asumen juntos la misión de «las tres T» se activan los principios de solidaridad y subsidiariedad que permiten edificar el bien común en una democracia plena y participativa.
3.2. La segunda tarea es unir nuestros Pueblos en el camino de la paz y la justicia.
Los pueblos del mundo quieren ser artífices de su propio destino. Quieren transitar en paz su marcha hacia la justicia. No quieren tutelajes ni injerencias donde el más fuerte subordina al más débil. Quieren que su cultura, su idioma, sus procesos sociales y tradiciones religiosas sean respetados. Ningún poder fáctico o constituido tiene derecho a privar a los países pobres del pleno ejercicio de su soberanía y, cuando lo hacen, vemos nuevas formas de colonialismo que afectan seriamente las posibilidades de paz y de justicia porque «la paz se funda no sólo en el respeto de los derechos del hombre, sino también en los derechos de los pueblos particularmente el derecho a la independencia».[3]
Los pueblos de Latinoamérica parieron dolorosamente su independencia política y, desde entonces llevan casi dos siglos de una historia dramática y llena de contradicciones intentando conquistar una independencia plena.
En estos últimos años, después de tantos desencuentros, muchos países latinoamericanos han visto crecer la fraternidad entre sus pueblos. Los gobiernos de la Región aunaron esfuerzos para hacer respetar su soberanía, la de cada país y la del conjunto regional, que tan bellamente, como nuestros Padres de antaño, llaman la «Patria Grande». Les pido a ustedes, hermanos y hermanas de los movimientos populares, que cuiden y acrecienten esa unidad. Mantener la unidad frente a todo intento de división es necesario para que la región crezca en paz y justicia.
A pesar de estos avances, todavía subsisten factores que atentan contra este desarrollo humano equitativo y coartan la soberanía de los países de la «Patria Grande» y otras latitudes del planeta. El nuevo colonialismo adopta distintas fachadas. A veces, es el poder anónimo del ídolo dinero: corporaciones, prestamistas, algunos tratados denominados «de libres comercio» y la imposición de medidas de «austeridad» que siempre ajustan el cinturón de los trabajadores y de los pobres. Los obispos latinoamericanos lo denuncian con total claridad en el documento de Aparecida cuando afirman que «las instituciones financieras y las empresas transnacionales se fortalecen al punto de subordinar las economías locales, sobre todo, debilitando a los Estados, que aparecen cada vez más impotentes para llevar adelante proyectos de desarrollo al servicio de sus poblaciones».[4] En otras ocasiones, bajo el noble ropaje de la lucha contra la corrupción, el narcotráfico o el terrorismo –graves males de nuestros tiempos que requieren una acción internacional coordinada– vemos que se impone a los Estados medidas que poco tienen que ver con la resolución de esas problemáticas y muchas veces empeora las cosas.
Del mismo modo, la concentración monopólica de los medios de comunicación social que pretende imponer pautas alienantes de consumo y cierta uniformidad cultural es otra de las formas que adopta el nuevo colonialismo. Es el colonialismo ideológico. Como dicen los Obispos de Africa, muchas veces se pretende convertir a los países pobres en «piezas de un mecanismo y de un engranaje gigantesco».[5]
Hay que reconocer que ninguno de los graves problemas de la humanidad se puede resolver sin interacción entre los Estados y los pueblos a nivel internacional. Todo acto de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en el todo en términos económicos, ecológicos, sociales y culturales. Hasta el crimen y la violencia se han globalizado. Por ello ningún gobierno puede actuar al margen de una responsabilidad común. Si realmente queremos un cambio positivo, tenemos que asumir humildemente nuestra interdependencia. Pero interacción no es sinónimo de imposición, no es subordinación de unos en función de los intereses de otros. El colonialismo, nuevo y viejo, que reduce a los países pobres a meros proveedores de materia prima y trabajo barato, engendra violencia, miseria, migraciones forzadas y todos los males que vienen de la mano… precisamente porque al poner la periferia en función del centro les niega el derecho a un desarrollo integral. Eso es inequidad y la inequidad genera violencia que no habrá recursos policiales, militares o de inteligencia capaces de detener.
Digamos NO a las viejas y nuevas formas de colonialismo. Digamos SÍ al encuentro entre pueblos y culturas. Felices los que trabajan por la paz.
Aquí quiero detenerme en un tema importante. Porque alguno podrá decir, con derecho, que «cuando el Papa habla del colonialismo se olvida de ciertas acciones de la Iglesia». Les digo, con pesar: se han cometido muchos y graves pecados contra los pueblos originarios de América en nombre de Dios. Lo han reconocido mis antecesores, lo ha dicho el CELAM y también quiero decirlo. Al igual que san Juan Pablo II pido que la Iglesia «se postre ante Dios e implore perdón por los pecados pasados y presentes de sus hijos».[6] Y quiero decirles, quiero ser muy claro, como lo fue san Juan Pablo II: pido humildemente perdón, no sólo por las ofensas de la propia Iglesia sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América.
También les pido a todos, creyentes y no creyentes, que se acuerden de tantos Obispos, sacerdotes y laicos que predicaron y predican la buena noticia de Jesús con coraje y mansedumbre, respeto y en paz; que en su paso por esta vida dejaron conmovedoras obras de promoción humana y de amor, muchas veces junto a los pueblos indígenas o acompañando a los propios movimientos populares incluso hasta el martirio. La Iglesia, sus hijos e hijas, son una parte de la identidad de los pueblos en latinoamericana. Identidad que tanto aquí como en otros países algunos poderes se empeñan en borrar, tal vez porque nuestra fe es revolucionaria, porque nuestra fe desafía la tiranía del idolo dinero. Hoy vemos con espanto como en Medio Oriente y otros lugares del mundo se persigue, se tortura, se asesina a muchos hermanos nuestros por su fe en Jesús. Eso también debemos denunciarlo: dentro de esta tercera guerra mundial en cuotas que vivimos, hay una especie de genocidio en marcha que debe cesar.
A los hermanos y hermanas del movimiento indígena latinoamericano, déjenme trasmitirle mi más hondo cariño y felicitarlos por buscar la conjunción de sus pueblos y culturas, eso que yo llamo poliedro, una forma de convivencia donde las partes conservan su identidad construyendo juntas una pluralidad que no atenta, sino que fortalece la unidad. Su búsqueda de esa interculturalidad que combina la reafirmación de los derechos de los pueblos originarios con el respeto a la integridad territorial de los Estados nos enriquece y nos fortalece a todos.
3.3. La tercera tarea, tal vez la más importante que debemos asumir hoy, es defender la Madre Tierra.
La casa común de todos nosotros está siendo saqueada, devastada, vejada impunemente. La cobardía en su defensa es un grave pecado. Vemos con decepción creciente como se suceden una tras otra cumbres internacionales sin ningún resultado importante. Existe un claro, definitivo e impostergable imperativo ético de actuar que no se está cumpliendo. No se puede permitir que ciertos intereses –que son globales pero no universales– se impongan, sometan a los Estados y organismos internacionales, y continúen destruyendo la creación. Los Pueblos y sus movimientos están llamados a clamar, a movilizare, a exigir –pacifica pero tenazmente– la adopción urgente de medidas apropiadas. Yo les pido, en nombre de Dios, que defiendan a la Madre Tierra. Sobre éste tema me expresado debidamente en la Carta Encíclica Laudato si'.
4. Para finalizar, quisiera decirles nuevamente: el futuro de la humanidad no está únicamente en manos de los grandes dirigentes, las grandes potencias y las élites. Está fundamentalmente en manos de los Pueblos; en su capacidad de organizar y también en sus manos que riegan con humildad y convicción este proceso de cambio. Los acompaño. Digamos juntos desde el corazón: ninguna familia sin vivienda, ningún campesino sin tierra, ningún trabajador sin derechos, ningún pueblo sin soberanía, ninguna persona sin dignidad, ningún niño sin infancia, ningún joven sin posibilidades, ningún anciano sin una venerable vejez. Sigan con su lucha y, por favor, cuiden mucho a la Madre Tierra. Rezo por ustedes, rezo con ustedes y quiero pedirle a nuestro Padre Dios que los acompañe y los bendiga, que los colme de su amor y los defienda en el camino dándoles abundantemente esa fuerza que nos mantiene en pie: esa fuerza es la esperanza, la esperanza que no defrauda, gracias.  Y, por favor, les pido que recen por mí.

[1] Juan XXIII, Carta enc. Mater et Magistra (15 mayo 1961), 3: AAS 53 (1961), 402.
[2] Pablo VI, Carta enc. Popolorum progressio, n. 14.
[3] Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 157.
[4] V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (2007), Documento Conclusivo, Aparecida, 66.
[5] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Africa (14 septiembre 1995), 52: AAS 88 (1996), 32-33; Id., Cart enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987), 22: AAS 80 (1988), 539.
[6] Juan Pablo II, Bula Incarnationis mysterium, 11.
(from Vatican Radio)


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